Author: Ricardo Animas

Que te toque estarte muriendo

Que te toque estarte muriendo en la calle y ser confundido con uno de los seres noctámbulos ninguneados por todos. ¿Te imaginas?

 

Estarte muriendo así, migrante acarreado en brazos en un país vecino, y ¡quién diría que hablar el mismo idioma resultaría tan grande desventaja en emergencias!, pues a más lamentos en perfecto español más notorio tu acento y menos atendido el mensaje; a más honestas explicaciones menos razones convincentes para tu auxilio. Lo evidente para ellos es que no eres más que un pobre proveniente de un país pobre muriéndote en su país repleto de pobres demasiado parecidos a ti. Mala suerte, ojalá te distinguieras un poco para despertar algo de humanidad.

 

Imagina que a tus lamentos podrían asomarse algunos curiosos pero sólo otros nadie como tú se aproximarían. “Qué te pasa carnalito”, podría preguntarte un tambaleante hombre con cara semipintada de payaso, y tu acompañante-sostén respondería que desde hace horas sufres de un dolor insoportable en el vientre y, luego de recurrir a la policía, a los transeúntes, a la línea telefónica de emergencias sin obtener apoyo, decidió llevarte a pie al que dicen es el hospital más cercano. Y así has avanzado varias calles a rastras.

 

Vísperas de Año Nuevo. ¿Correrías con mejor suerte por el vibrante espíritu navideño? Quizá. Pensemos que alguien se detendría para confrontarte, que escucharía a tu acompañante, que los vería a ambos a los ojos, que lo convencerían, que tomaría su celular y marcaría al número de emergencias para pedir una ambulancia. Entonces del otro lado del auricular preguntarían la identidad del que llama, la ubicación y para quién está solicitando el apoyo, el tipo proporcionaría su información personal y ustedes demostrarían que son personas al decir para la operadora también su nombre, su edad y tus síntomas. Seguramente el tipo se sorprendería cuando le mencionaran que no pueden enviar ambulancias para sujetos como ustedes sino que darían parte a la policía, los únicos con la autoridad de solicitarla en casos como el de ustedes, siempre que lo consideren pertinente. Serían las once de la noche aproximadamente, las calles semivacías.

 

Podrían pasar un par de largos minutos después de colgar para que apareciera una patrulla en la acera de enfrente. El tipo cruzaría la calle para vislumbrar a dos policías dentro, uno abriría la puerta dirigiéndose con parsimonia al 7-Eleven; extrañado les preguntaría si están acudiendo a su llamado y escucharía un “ah, eh… ¿usted es el que necesita el apoyo?” y después de explicarles, “ah sí, ya estábamos enterados… llevan así varias horas y ya se solicitó la ambulancia pero, mire, hay muchas emergencias en estos días…”. Su tono y gestos invitarían al tipo a olvidarse mejor del asunto pero éste les pediría ayuda para llevarte a ti y a tu acompañante al hospital abordo de la patrulla. “No podemos hacerlo porque si les pasa algo en el camino nosotros seríamos responsables”. Todo apuntaría, pues, a que lo prudente en tu caso sería morirte aislado y cuanto antes.

 

¿Y si el tipo pidiera un Uber? Demasiado previsible una negativa del conductor  aludiendo lo mismo que los oficiales, y desde luego, habría que sumar otro factor: el gran desaseo tuyo y de tu acompañante incumpliría con el estándar mínimo de cualquiera que pretendiese salvar su vida como pasajero de un servicio decoroso. ¿Tendrías tiempo para comprobar el supuesto?…

 

Entretanto, tal vez te desvanecerías y caerías al piso gimiendo, y tu compañero podría amarrarte un triste paliacate a la cintura para intentar aminorar el dolor. Previendo que con seguridad más de un taxista de ruta se negaría también a conducirlos al hospital, el tipo pediría ayuda a los oficiales al menos para detener juntos el próximo. “No sea así oficial, hay que echarles la mano”, podría pronunciar en un tono casi imperativo. El primer taxi pasaría y se detendría de inmediato al ver la señal de los uniformados. ¿Será que tu suerte mejorara?

 

El taxista aceptaría conducirlos a un hospital público ubicado a pocas calles de distancia. “Cuánto les cobra”. El tipo anticiparía el pago poniendo en manos de tu acompañante la cantidad indicada más un irrisorio extra de $20 pesos, total de efectivo que traía consigo; ustedes dos abordarían la unidad y él los vería irse a buena velocidad, esperanzado pero afligido por lo espantoso que debe ser estarse muriendo como tú en el medio de una megaurbe y enfrentarse con la (¿aparente?) realidad: de todo ese fastuoso despliegue material y humano circundante, nada, absolutamente, es para ti.

El aburrimiento se produce al experimentar un presente que no cobra sentido. Eso es lo que pienso. Y aburrido podría resultar poner atención a la propia rutina de lo cotidiano, esa serie de acciones inapreciables que, no obstante, conforman un íntimo retrato nuestro. ¿Por qué cobraría sentido contemplarnos a nosotros mismos? ¿Cómo podríamos, cómo deberíamos lograrlo? ¿Para qué?

 

Vi Roma de Cuarón por primera vez en una proyección especial de cine. La he vuelto a ver en tres ocasiones más (a solas, con un amigo, con mi familia) a través de Netflix para constatar en cada una de ellas de estar ante una película que justamente, al llamar a la contemplación (y en particular de lo cotidiano y lo que de ello se desprende), es inacabable.

 

He leído cientos de comentarios en redes sociales de usuarios mexicanos que vieron la película (Al menos esa es la nacionalidad que puede indagarse en sus perfiles). La mayoría son expresiones negativas quejándose, por ejemplo, de su simpleza y concluyendo entonces que es “realmente mala”, floja, aburridísima, terrible, que te hace dormir y está sobrevalorada ya que “probablemente para los extranjeros sea curioso ver esto, para nosotros ha sido lo cotidiano”… Me pregunto qué implica que lo cotidiano deje de ser una curiosidad para nosotros, más allá de juzgar si es correcto o no.

 

Primero, diré que la contemplación definitivamente está bastante desacreditada en nuestras sociedades, y por ello, se relega su ejercicio a los privilegiados que pueden vivir a costa de ella: algunas personas dedicadas al arte, algunas personas dedicadas a la ciencia, y algunas más mantenidas (en sus distintas denominaciones) y huevonas, es decir, improductivas y devaluadas socialmente. ¿Será que nos hemos divorciado de la contemplación —tal vez por culpa o por vergüenza— al grado de tomar por despreciable a quien o a aquello que nos incite a contemplar deliberadamente?

 

Segundo, la contemplación está amalgamada a la consideración, así que ¿por qué estaría bien no considerarnos durante el mayor/mejor tiempo posible? ¿Por qué deberíamos desconsiderarnos sistemáticamente? De la consideración hacia lo que percibimos brota la reflexión y germinan los conocimientos artísticos, científicos, los nutrientes espirituales; la consideración nos faculta para la transformación. 

 

Sobre Roma, una película portentosa, tendrá que decirse también que ha troleado involuntariamente a un sinfín de usuarios digitales mexicanos al hacerles entrar a escena de su propia cotidianidad, de la que intentaban escapar.

Fue así (Descomposición lírica*)

Soy honesto con ella y contigo

Perdona si te hago sufrir

Tú te fuiste sin decirme nada:

Perdona si te causo dolor

pero es que no está en mis manos

Me he enamorado

¿Por qué? No sé

Pero fue así

 

Yo me propuse no hablarte y no verte

Perdona si te digo adiós

Y a pesar que lloré como nunca

Perdona si te hago llorar

¡Ya no te amo!

Me he enamorado

No te aferres

ni me hagas más daño

 

Te brindé la mejor de las suertes

A ella la quiero y a ti te he olvidado

Y hoy que has vuelto, ya ves sólo hay nada

¡Yo te ayudo a olvidar el pasado!

Y a perdonar

a un imposible

que me enseñó

de un buen amor

 

Tú bien sabes que no fue mi culpa:

Ya no seguías de mí enamorada

¡No me dijiste!

Luego te fuiste

Y sin más nada

de un ser divino

me enamoré

Así fue

 

Si tú quieres seremos amigos

¡Ya no debo, no puedo quererte!

Ya no te hagas

Me he enamorado

Pero es que no está en mis manos

Si me ha preguntado:

cómo decirle que te amo

¡Ya no te aferres!

Yo le dije que no

¡¿Y que regresabas?!

Yo le dije que no

A olvidar

No no no no no

 

Cómo decirle que te amo

 

Ya no.

 

*Creada en 2017 a partir de la letra íntegra de la canción Así fue de Juan Gabriel

El verde de oblicuos agujeros

Enséñanos a mirar sensuales, Carmen

poniendo el cuerpo en avanzada

que nos urge maniobrar con abundancia

en nuestra pobre mirada.

 

Contra la inútil mirada tenue enséñanos a mirar audaces

Carmen: contramirada-redentora-de-sustancia

Nahui: agujeros-de-deseo-que-penetran.

 

Enséñanos a hacer ojos con el cuerpo,

ojos vibratorios expansivos,

ojos detrás de los propios ojos,

trampa donde todos caen

para sucumbir erectos:

muertos;

ojos que no cesen de mirar al ser mirados.

 

Inquietante verdor

como el verde de las frescas hojas

o de los mares calmos.

 

Nahui Olin, piadosa verdad en verde,

gracias por ser rebelde verde en su materia inextricable,

principio originario iluminado en verde

como la final esperanza de mirar completamente

y ser rostro despojado de su espejo,

boca despojada de su carne,

carne llena

de universos.

Sueño en otro idioma

El habla no es más que una expresión residual de lo que dice el alma.

Al alma que es exacta la limita la palabra. La desvirtúa nuestro estado de conciencia, la reprime la solemnidad de los contextos y la asfixia el culto a verdades inoportunas que tomamos por definitivas (Asirse a estas verdades de paso nos ata a un presente que se vuelve inhóspito). Alma que no obstante brota, dicta, persevera.

“Sueño en otro idioma” me recordó que la lengua nunca alcanza, que las oportunidades se acaban, que la voluntad a veces no llega y la vida es un aguacero que en cualquier suspiro simplemente cesa. Pero no hay por qué lamentarse pues tenemos la fortuna de los sueños y de los lenguajes infinitos, capaces de construir historias más dignas acerca de nosotros, con nosotros, entre nosotros.

Al final el tiempo mismo nos recupera (sí, este a nosotros) y nos coloca en un plano colectivo sin formato donde sólo existe el diálogo preciso, universal y expansivo que se encarga de la única verdad: amar desmesuradamente.

 

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