Que te toque estarte muriendo

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Que te toque estarte muriendo en la calle y ser confundido con uno de los seres noctámbulos ninguneados por todos. ¿Te imaginas?

 

Estarte muriendo así, migrante acarreado en brazos en un país vecino, y ¡quién diría que hablar el mismo idioma resultaría tan grande desventaja en emergencias!, pues a más lamentos en perfecto español más notorio tu acento y menos atendido el mensaje; a más honestas explicaciones menos razones convincentes para tu auxilio. Lo evidente para ellos es que no eres más que un pobre proveniente de un país pobre muriéndote en su país repleto de pobres demasiado parecidos a ti. Mala suerte, ojalá te distinguieras un poco para despertar algo de humanidad.

 

Imagina que a tus lamentos podrían asomarse algunos curiosos pero sólo otros nadie como tú se aproximarían. “Qué te pasa carnalito”, podría preguntarte un tambaleante hombre con cara semipintada de payaso, y tu acompañante-sostén respondería que desde hace horas sufres de un dolor insoportable en el vientre y, luego de recurrir a la policía, a los transeúntes, a la línea telefónica de emergencias sin obtener apoyo, decidió llevarte a pie al que dicen es el hospital más cercano. Y así has avanzado varias calles a rastras.

 

Vísperas de Año Nuevo. ¿Correrías con mejor suerte por el vibrante espíritu navideño? Quizá. Pensemos que alguien se detendría para confrontarte, que escucharía a tu acompañante, que los vería a ambos a los ojos, que lo convencerían, que tomaría su celular y marcaría al número de emergencias para pedir una ambulancia. Entonces del otro lado del auricular preguntarían la identidad del que llama, la ubicación y para quién está solicitando el apoyo, el tipo proporcionaría su información personal y ustedes demostrarían que son personas al decir para la operadora también su nombre, su edad y tus síntomas. Seguramente el tipo se sorprendería cuando le mencionaran que no pueden enviar ambulancias para sujetos como ustedes sino que darían parte a la policía, los únicos con la autoridad de solicitarla en casos como el de ustedes, siempre que lo consideren pertinente. Serían las once de la noche aproximadamente, las calles semivacías.

 

Podrían pasar un par de largos minutos después de colgar para que apareciera una patrulla en la acera de enfrente. El tipo cruzaría la calle para vislumbrar a dos policías dentro, uno abriría la puerta dirigiéndose con parsimonia al 7-Eleven; extrañado les preguntaría si están acudiendo a su llamado y escucharía un “ah, eh… ¿usted es el que necesita el apoyo?” y después de explicarles, “ah sí, ya estábamos enterados… llevan así varias horas y ya se solicitó la ambulancia pero, mire, hay muchas emergencias en estos días…”. Su tono y gestos invitarían al tipo a olvidarse mejor del asunto pero éste les pediría ayuda para llevarte a ti y a tu acompañante al hospital abordo de la patrulla. “No podemos hacerlo porque si les pasa algo en el camino nosotros seríamos responsables”. Todo apuntaría, pues, a que lo prudente en tu caso sería morirte aislado y cuanto antes.

 

¿Y si el tipo pidiera un Uber? Demasiado previsible una negativa del conductor  aludiendo lo mismo que los oficiales, y desde luego, habría que sumar otro factor: el gran desaseo tuyo y de tu acompañante incumpliría con el estándar mínimo de cualquiera que pretendiese salvar su vida como pasajero de un servicio decoroso. ¿Tendrías tiempo para comprobar el supuesto?…

 

Entretanto, tal vez te desvanecerías y caerías al piso gimiendo, y tu compañero podría amarrarte un triste paliacate a la cintura para intentar aminorar el dolor. Previendo que con seguridad más de un taxista de ruta se negaría también a conducirlos al hospital, el tipo pediría ayuda a los oficiales al menos para detener juntos el próximo. “No sea así oficial, hay que echarles la mano”, podría pronunciar en un tono casi imperativo. El primer taxi pasaría y se detendría de inmediato al ver la señal de los uniformados. ¿Será que tu suerte mejorara?

 

El taxista aceptaría conducirlos a un hospital público ubicado a pocas calles de distancia. “Cuánto les cobra”. El tipo anticiparía el pago poniendo en manos de tu acompañante la cantidad indicada más un irrisorio extra de $20 pesos, total de efectivo que traía consigo; ustedes dos abordarían la unidad y él los vería irse a buena velocidad, esperanzado pero afligido por lo espantoso que debe ser estarse muriendo como tú en el medio de una megaurbe y enfrentarse con la (¿aparente?) realidad: de todo ese fastuoso despliegue material y humano circundante, nada, absolutamente, es para ti.

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